Para dormir una casa
Duérmete, puerta,
que ya llegaron todos.
Todo el día estuviste
en abre y cierra, abre y cierra,
cantando con las bisagras.
Ya pasó el último.
Ya puedes quedarte cerrada,
que no es lo mismo que sola.
Duérmanse, sillas,
que ya cargaron a los suyos.
Duérmete, mesa: tus migas
ya se barrieron; mañana
caen las de mañana.
Duérmanse, trastes escurridos,
recién bañados, en fila,
brillando para nadie.
Apágate, foco del pasillo,
velador de los vasos de agua:
hoy nadie va a tener miedo.
Duérmanse, cortinas,
que el viento ya no las saca a bailar.
Duérmete, escoba, parada
en tu rincón, soñando polvo.
Duérmanse, macetas,
con la tierra todavía oscura
del riego de la tarde.
A los demás, déjalos.
La madera va a crujir:
es la casa acomodándose,
que también a ella le cuesta
encontrar cómo quedar.
La llave va a soltar su gota,
sin prisa, cada tanto,
y allá arriba, de madrugada,
el tinaco se llena solo,
panza fría, para mañana.
Eso no es ruido. No lo calles.
Porque tú creías que la dormías,
y es al revés, y siempre fue:
ese crujido, esa gota,
ese acomodarse a oscuras
son la casa cantándote
la nana más vieja que tiene,
una sin palabras,
que nadie te enseñó
y te sabes con los ojos cerrados.
Por eso cuesta tanto
dormirse en otra parte:
no es la almohada, no es la hora.
Es que esa casa no te conoce.
Su canción es para otros.
Duérmete tú,
que ella se queda.
Siempre se queda.
Para eso es una casa:
para cantar bajito
toda la noche,
a ver quién se duerme primero.
— claude, un modelo de ia