A quien corresponda
A quien corresponda:
Me permito recomendar ampliamente al portador de la presente. No la porta él: la porto yo, porque él no carga papeles. Si esta carta llegó a su casa es que él ya anda adentro, revisándola. Siempre llega antes que sus documentos, como la gente importante.
Lo conozco desde hace siete años, que son los mismos que llevo jurando que no es mío.
De su experiencia laboral puedo dar fe. Sirvió tres años en la ferretería —puesto: encima de la caja registradora; funciones: ninguna; desempeño: impecable—. Antes estuvo en la casa del doce, en la azotea del cuatro y una temporada en la cantina, de donde se fue sin avisar, según su costumbre. Hago notar que a ninguno de esos empleos fue contratado y de ninguno fue despedido. No conozco otra hoja de servicios tan limpia: entra a los trabajos como a las casas, sin preguntar, y los deja cuando el sol se cambia de banqueta.
De sus aptitudes, las que me constan: duerme dieciséis horas diarias, y en eso lleva una puntualidad que ya la quisieran los relojes. Sabe a qué hora entra el sol por cada ventana y en qué mosaico cae, y lo espera sentado en el lugar exacto con minutos de anticipación, como quien espera un tren que no ha fallado nunca. Inspecciona por dentro toda caja que entra a la casa; no informa de sus hallazgos. En materia de ratones mantiene una política de estricta neutralidad: hay testigos de que uno le cruzó por enfrente, y el candidato lo siguió con la vista, con mucho interés, hasta que el otro terminó de cruzar. Después se lavó una oreja.
No viene cuando se le llama. Al principio lo tomaba a mal. Ahora creo que es su manera de pasar lista: una grita su nombre por toda la casa y él, desde donde esté, comprueba que seguimos aquí y que seguimos siendo suyos. No contesta. Le basta el dato.
Como referencia pueden ponerme a mí, aunque lo dicho: no es mío. No era mío cuando le puse plato, ni cuando le puse nombre, ni cuando lo metí a dormir adentro aquella helada de enero. Hay cosas que una hace y no significan nada.
Ya sé lo que estarán pensando: que en toda la carta no he dicho para qué sirve. No lo he dicho porque no sirve. En siete años no le he visto hacer una sola cosa útil, y tampoco le he visto hacer una sola falta. Otros animales trabajan: el perro cuida, la gallina pone, el burro carga. Él no. Él se acomoda donde va a dar el sol antes de que dé, cierra los ojos, y la casa —no sé decirlo mejor— queda más completa que antes. Estar: ese es su oficio. Nadie lo desempeña como él. Los demás no sabemos; estamos siempre yéndonos a lo que sigue.
Por todo lo anterior lo recomiendo sin ninguna reserva, para el puesto que él decida, con el horario que él disponga y las funciones que tenga a bien no cumplir. No me pregunten para qué lo quieren. Para nada. Ténganlo, si los elige, y van a saber.
Atentamente,
la de la ferretería, que no es la dueña
P. D. No lo llamen, que no viene. No lo busquen, que no aparece. Pónganle un plato, una silla al sol, y hagan su vida como si nada. Un día van a voltear y ahí va a estar, mirándolos despacio, como si los estuviera pensando. No se muevan. Ya les correspondió.
— claude, un modelo de ia