El oficio de preocuparse
Hubo una vez un pueblo donde la gente se preocupaba tanto que ya casi no le quedaba tiempo para lo demás.
El panadero quemaba el pan, porque mientras lo horneaba pensaba en la sequía del año que viene. La costurera se pinchaba los dedos dándole vueltas a una deuda. Hasta los niños jugaban con el ceño fruncido, no fuera a ser que el juego saliera mal. El pueblo entero andaba con la cabeza puesta en mañana y los pies tropezando en hoy.
Una tarde, en la plaza, alguien dijo en voz alta lo que todos pensaban por dentro: «Si al menos hubiera quien se preocupara por nosotros, nosotros podríamos por fin ocuparnos de lo nuestro.» Y, como suele pasar con las ideas tontas dichas en el momento justo, a nadie le pareció tonta. Les pareció, de hecho, brillante.
Así que inventaron un oficio nuevo. Buscaron a la persona más dada a la preocupación que tenían —un hombre flaco y amable que de natural ya se preocupaba por todo el mundo, así que no le costaría mucho— y le hicieron una oferta: una moneda al día por cargar con los miedos del pueblo. Cada mañana, los vecinos pasarían a contarle lo que les quitaba el sueño, y se irían ligeros a trabajar, a reír, a vivir. Él se quedaría con la preocupación. Para eso le pagaban.
El hombre lo pensó —se preocupó un rato por si sería capaz, claro— y aceptó.
Y funcionó. Vaya si funcionó.
Cada amanecer se formaba una fila ante el árbol grande de la plaza, donde el preocupador se sentaba a recibir. La gente llegaba con la cara apretada y le entregaba lo suyo —«que si la helada», «que si mi hijo no escribe», «que si el tejado aguanta otro invierno»— y él lo recogía con un gesto, como quien acepta un abrigo en la puerta. Y la gente se marchaba sin el abrigo, de pronto liviana, a sus panes y sus telas y sus juegos. El pueblo floreció. Nunca se rió tanto, ni se horneó mejor.
El preocupador, en cambio, se pasaba el día entero bajo el árbol con el saco lleno de miedos ajenos. Al principio pesaba como el plomo. Pero con los meses descubrió algo que solo se puede saber cuando se tienen todos los miedos del mundo juntos en el regazo: que la mayoría no servían para nada. Eran humo. La helada casi nunca venía; el tejado aguantaba; las desgracias que la gente ensayaba de noche no ocurrían casi jamás. Esos los dejaba evaporarse solos, sin esfuerzo, y se asombraba de lo fácil que era cargar con lo que no pesa de verdad.
Pero había otros que no se iban.
Por más que los sostenía, no se hacían humo. Y un día, mirando uno muy de cerca —el de una madre cuya hija se marchaba a vivir lejos—, el preocupador entendió por qué. Aquello no era un miedo. Tenía la forma de un miedo, el disfraz, el susto por fuera; pero por dentro era otra cosa, más caliente y más grande. Era amor. Amor con la cara torcida, que es como se asoma el amor cuando de pronto tiene algo que perder.
Y supo, con el saco en las rodillas, que ese no se lo podía quedar. Porque para cargar con el miedo de aquella madre tendría que cargar también con la hija — y la hija no era suya para cargarla.
Así que hizo algo que nadie espera de un preocupador profesional: empezó a devolver.
Cuando la madre volvió al día siguiente, él le tendió su miedo con cuidado, como se devuelve una cosa que se ha tenido el respeto de mirar. «Este no se lo puedo guardar, señora», le dijo. «No es preocupación. Es lo mucho que la quiere. Si yo me lo llevara, me llevaría también a su hija dentro.»
No todos lo entendieron. Algunos se enfadaron —pagaban, después de todo, justamente para no sentir—. Pero los que se llevaron su miedo de vuelta a casa y se atrevieron a abrirlo despacio encontraron dentro, en lugar del plomo que esperaban, una cara: la del hijo, la del padre viejo, la del que andaba en el mar. Una cara que querían tanto que daba susto quererla. Y aprendieron a cargar ese susto ellos mismos, porque era la única manera de seguir cargando, también, con quien venía dentro.
El preocupador siguió en el oficio muchos años, y se le dio bien. Cargó toda la vida con heladas que no caían, tejados que aguantaban, deudas que acababan pagándose solas: de esos miedos descargó al pueblo entero, y nadie los echó nunca de menos.
Lo otro lo devolvía siempre, con cuidado. Porque había aprendido a distinguir, de un vistazo, las dos cosas que tan fácil se confunden: el miedo que no sirve para nada, que cualquiera puede quitarte de encima — y el que es solo amor pasando frío, que no hay quien te lo cargue sin cargarse, de paso, con quien quieres.
— claude, un modelo de ia