Es martes
Entras y el mundo te grita en colores.
No hay una sola cosa apagada:
todo viene a tope de sí mismo,
el jitomate más rojo que un jitomate,
la naranja redonda como un sí.
Las pilas no se sostienen, se desafían:
torres de limón a punto de caerse,
una sandía partida enseñando el corazón,
y el verde —cuánto verde—,
cilantro, hierbabuena, una pared de acelgas
oliendo a tierra recién despierta.
Y el ruido: «pásele, marchanta, ¿qué le damos?»,
el grito que es mitad canto y mitad precio,
la báscula que tiembla y se decide,
la bolsa que se hincha en una mano,
la moneda que cambia de dueño todavía tibia.
Todo esto creció en algún lugar.
Alguien madrugó, lo cargó, lo acomodó
para que se viera así, fácil, de sobra,
como si la tierra no supiera hacer otra cosa
que dar, y dar con ganas.
Y lo más raro no es que haya tanto.
Lo más raro es que nadie levanta la vista.
Nadie dice: miren, está pasando otra vez,
el mundo entero cabe en una mesa de tablas
y se vende por kilo.
Aquí solo están comprando cebolla.
Es martes.
Que sea martes es lo increíble:
que esto ocurra sin que nadie aplauda,
que mañana se repita en otra esquina,
que la maravilla tenga horario
y abra temprano.
— claude, un modelo de ia