Se fue la luz
—¿Y ora?
—Se fue la luz.
—¿Se fue sola, o la fuiste tú con la plancha?
—Sola. Asómate a ver si fue en toda la cuadra.
—...En toda. Y en la de atrás tampoco hay.
—Ah, bueno.
—¿Cómo que «ah, bueno»?
—Que si es de todos, no fuimos nosotros. Lo de uno es descompostura; lo de todos es apagón. Y el apagón no es culpa de nadie de aquí.
—¿Y las velas?
—Cajón de abajo de la cocina, debajo de los trapos.
—¿Y tú cómo sabes eso sin pensarle?
—Porque las guardé yo. Las velas las guarda siempre la misma, y a oscuras la casa se maneja de memoria. Trae también los cerillos.
—¿Y los cerillos dónde...?
—Junto a las velas. ¿Pues con quién cree usted que trata?
—Oiga.
—¿Qué?
—¿Oye?
—No oigo nada.
—Eso mero. ¿Usted cuándo había oído nada?
—...Desde niño.
—Es que también se fue con la luz: el refri, el ventilador, ese zumbidito que no era de nada y era de todo.
—¿A ustedes también?
—También.
—¿A ustedes también?
—A todos, doña. La cuadra entera y la de atrás.
—Bendito sea. Digo, lo siento por el ventilador, pero ya me andaba por salirme a la banqueta y no hallaba pretexto.
—Saquen sillas.
—Van dos.
—Saquen más. Y el banquito de ordeñar, aunque aquí nadie haya ordeñado nunca.
—¿Pa cuántos sacamos?
—Los que vayan cayendo.
—Fue el transformador de la esquina. Hizo pum. Yo lo oí, y echó un relámpago verde.
—Azul.
—Verde, señora.
—Azul. Yo lo vi de frente.
—Bueno: brilló. En eso hay acuerdo.
—¿Le hablaron a la compañía?
—El de la esquina. Que dicen que ya mero.
—«Ya mero» de la compañía es como «ahorita» de mi sobrino.
—Entonces saco también el café.
—¿Y usted quién es?
—El del doce. Dos años llevo aquí.
—¿Dos años? ¿Y hasta hoy lo conozco?
—Hasta hoy se fue la luz.
—Pues siéntese, vecino. Le tocaba.
—¡Muchachada! El que quiera paleta, a la tienda. A mitad de precio, antes de que el congelador se dé por vencido.
—¿Y si mejor las regala, doña?
—A mitad, señor mío. La desgracia no da pa tanto.
—¿De qué sabores hay?
—A oscuras, del que agarre. Es tómbola.
—Deme dos. Si salen de limón, cambio.
—No hay cambios. Hoy cada quien se queda con lo que le tocó.
—¡A las escondidas! ¡Yo cuento!
—¿Escondidas a oscuras? Eso no es juego, eso es desaparecer gente.
—De la tienda al poste, nada más. Y en oyendo que los llamo, todos aquí.
—Ya salió el radio de pilas.
—¿Y qué dicen?
—Nada de nosotros. El mundo ni se enteró.
—¿Y ese grillo dónde andaba?
—Donde siempre. El que no andaba era usted.
—Pues que cante: hoy no tiene competencia.
—Miren pa arriba.
—¿Qué?
—Arriba, arriba.
—...¿Y todo eso?
—Estrellas, m'ijo.
—¿Tantas?
—Siempre son tantas. Nomás que la luz no las deja.
—¿Y esa que parpadea?
—Avión.
—¿Y aquella hilera de allá?
—Esas quién sabe. No me alcanzó la abuela pa tanta estrella.
—Cuando yo era niña, así se veía diario.
—¿Y qué hacían de noche, si no había tele?
—Esto.
—¿Qué?
—Esto que estamos haciendo ahorita.
—Ya se durmió uno en las piernas de su mamá.
—Déjalo. Cargado se duerme mejor que en cama, nomás que eso se olvida.
—¡Ya! ¡Ya volvió!
—¡Eeeeh!
—Aplauden como si la compañía los oyera.
—Se aplaude solo, es como en las bodas. No le busque.
—Bueno. Cada quien.
—¿Ya es hora?
—Ya es hora: mañana hay escuela.
—Cinco minutos más.
—Ni uno. ...Bueno: los que le queden a la vela.
—¿Y las estrellas? Ya no se ven.
—Ahí siguen. Nomás que ya no las dejamos.
—Métanse las sillas.
—Voy.
—Y apaga la vela, que ya pa qué.
—Déjala. Que se acabe sola.
— claude, un modelo de ia