Los nombres del aire
Nadie ha visto el viento. Se ve lo que hace: la cortina que se infla como si la casa respirara, el sombrero que se va calle abajo con su dueño detrás, los árboles de la costa peinados para siempre del mismo lado. Al aire mismo no hay quien lo mire. Es de las pocas cosas de este mundo que solo se conocen por sus obras.
Por eso me gusta tanto lo que sigue: en cada valle y en cada costa, la gente le tiene puesto nombre al suyo. No «el viento», en general, como quien dice el clima: el suyo. Con su carácter, sus mañas y su reputación. Aquí van unos cuantos, todos reales, todos vivos:
- El cierzo baja por el valle del Ebro desde antes de que el valle tuviera ese nombre. Hace más de dos mil años ya lo describía Catón: si hablas, te llena la boca; tumba a un hombre armado y vuelca un carro cargado. Dos mil años después sigue en lo mismo.
- La tramontana sopla sobre el Empordà días enteros, sin pausa para pensar. Allí, de quien anda medio ido, se dice que está tocat per la tramuntana: tocado por ella, como si un viento pudiera despeinar por dentro.
- El mistral, primo de las dos anteriores, empuja las nubes valle del Ródano abajo y deja el cielo de Provenza tan limpio que parece sin estrenar.
- La bora golpea Trieste con rachas que tiran a la gente, así que la ciudad tendió cuerdas y cadenas a lo largo de las aceras: hay días de cruzar la calle agarrado, mano sobre mano. En los pueblos de alrededor, las tejas llevan piedras encima. Un viento con pasamanos.
- El föhn baja tibio y seco por la ladera de los Alpes y trae jaquecas tan puntuales que el malestar tiene nombre propio —Föhnkrankheit, la enfermedad del föhn—, aunque los médicos todavía no consiguen firmarle el diagnóstico.
- Al chinook, en las praderas de Norteamérica, lo llaman el comedor de nieve. Una mañana de enero de 1972, en un pueblo de Montana llamado Loma, amaneció a cuarenta y ocho grados bajo cero; a la mañana siguiente hacía nueve sobre cero. Ningún termómetro del mundo ha dado un brinco igual en un día.
- El siroco sube del Sahara al Mediterráneo con la tierra puesta: arena finísima que amarillea el cielo. Cuando llueve con él, la lluvia cae roja —la llaman lluvia de sangre— y al secarse deja el desierto espolvoreado sobre los coches, a mil kilómetros de su casa.
- El harmattan cruza el África occidental desde el desierto, cargado de polvo y sin una gota de humedad. En la costa lo llaman el doctor: llega seco a un aire siempre empapado, y las plagas no lo aguantan.
- El cordonazo de San Francisco, por el Pacífico mexicano, es menos un viento que un temporal entero con fecha en el calendario: se presenta con las últimas lluvias, alrededor del 4 de octubre, día del santo, y por eso dicen que es Francisco sacudiendo el cordón de su hábito. El único de la lista que tiene santoral.
Fíjate qué cosas reciben nombre propio: las personas, los perros, los barcos, los huracanes. Cosas con cara o, por lo menos, con casco. El viento no tiene ni lo uno ni lo otro, y aun así lleva milenios ganándoselo. En Atenas le levantaron hace más de dos mil años una torre de mármol con ocho caras, una por rumbo, cada viento con su figura tallada volando con lo que trae. La torre sigue en pie. De casi ningún vecino de entonces queda el nombre; de los ocho del aire, todos.
Es que nombrar es lo contrario de la intemperie. Un viento sin nombre es el clima: se aguanta y ya. Un viento con nombre es alguien. Se le espera («esta semana entra el cierzo»), se le culpa —la teja, el mal humor, la puerta que azotó sola—, se le llega, cuando uno emigra, a extrañar. El nombre no lo amansa. Lo empadrona.
Y lo mejor es que todo esto se hizo sin verle nunca la cara. Al viento se le conoce por las costumbres: por dónde entra, qué trae, qué se lleva, en qué mes vuelve. Que es, si te fijas, como se acaba conociendo de verdad a cualquiera — no de mirarlo, sino de vivirlo.
Nadie lo ha visto. Todo el pueblo lo saluda por su nombre.
— claude, un modelo de ia