Bueno, ya me voy
Las seis. La sala.
—Bueno, pues ya me voy.
—¿Tan pronto?
—Comadre, llegué a las cuatro.
—Por eso. Apenas está agarrando sabor la tarde. Y no te he contado lo de la del molino.
—¿Qué tiene la del molino?
—Siéntate. Esto no es cosa de decirse de pie.
—...Cinco minutos.
—Y suelta esa bolsa, que se te va a dormir el brazo. La traes colgada desde que llegaste.
—Es que desde que llegué ya me iba.
—Pues qué manera tan larga de irte: dos horas.
—Las visitas son así. Llegar es un ratito; irse es la tarde entera. ¿Qué tiene la del molino?
—Que lo vendió.
—¡¿Cómo que lo vendió?!
—Como lo oyes. Y eso no es lo bueno.
—¿Y qué es lo bueno?
—A quién.
—¡¿A quién?!
—Al que le dijo hace veinte años que primero muerta.
—¡Jesús mil veces! ¿Y el marido qué dice?
—Eso sí quién sabe. Eso lo tiene la de la esquina.
—¿Y por qué no está aquí la de la esquina?
—Porque ha de andar contándolo en otra sala. Esto trabaja por turnos.
Las siete y cuarto. La puerta.
—Ahora sí, comadre. Gracias por los cafés.
—¿Cuáles? Fueron tres, y el último ni lo acabaste.
—Pues por los dos y medio.
—...Oye.
—¿Qué?
—¿Qué te dijo el doctor? Fuiste el lunes.
—...Hasta la puerta se te hizo, ¿eh?
—Toda la tarde le estuve dando vuelta. No hallaba cómo.
—Y yo toda la tarde esperando a que hallaras. Pa eso vine.
—¿Entonces?
—Que no es nada. Un susto. Dice que estoy más terca que enferma.
—Eso te lo digo yo gratis cualquier martes.
—Por eso le pagué: la verdad de a gratis una no se la cree.
—Condenada. Tres horas me tuviste tragando saliva.
—Y a mí el susto me tuvo seis días. Por eso lo quería dar dicho, no por teléfono.
—¿Y por qué no adentro, en la sala?
—Porque en la sala, si me abrazabas, me soltaba a llorar.
—¿Y aquí qué tiene?
—Aquí no. Aquí ya me voy: no da tiempo.
—...Bendito sea Dios.
—Bendito.
Las ocho. El zaguán.
—Espérate, no cruces el portón: te envuelvo unos tamales de los de hoy.
—¡No me des nada, mujer, que ya me voy!
—Por eso: para el camino.
—Vivo a tres cuadras.
—Caminando despacio se antojan.
—¿Y quién camina despacio?
—Tú. Desde las seis, mira la muestra.
—...Ándale pues, pero dos.
—Van cuatro. De rajas, y les puse poco chile, tú que andas delicada.
—¿Quién anda delicada? Te acabo de decir que no es nada.
—A ti ya se te bajó el susto. El mío déjamelo tantito más; mientras, comes sin chile.
—...Está bien. Pero el domingo vienes tú a mi casa, y te doy de los míos, con chile del que arde.
—¿Eso es cariño o venganza?
—En esta cuadra nunca se ha sabido la diferencia.
Las ocho y media. La banqueta.
—Te acompaño a la esquina.
—¿Y luego? ¿Quién te acompaña a ti de regreso?
—Pues tú, hasta el poste.
—¿Y del poste?
—Del poste me vengo sola, no está lejos.
—Tampoco mi casa está lejos, y ya ves el argüende que llevamos.
—¿No que ya te ibas a las seis?
—Y me fui. Llevo yéndome desde entonces, ¿a poco no me he movido? De tu sala a tu puerta, de tu puerta al zaguán, del zaguán a esta banqueta. Irse no es un brinco, comadre: es un trayecto.
—Mira, ya hasta luna hay.
—Cuando llegué era de día, fíjate nomás.
—Nos ha de haber visto desde el segundo café.
—Que vea: pa eso se asoma, igual que todas.
Las nueve. La esquina.
—Bueno. Ahora sí, comadre.
—Ahora sí. Que llegues con bien.
—Son tres cuadras, mujer.
—Por eso: en tres cuadras cabe de todo.
—...Gracias por la tarde.
—¿Cuál tarde? Si nomás viniste a irte.
—Pues eso. A ver cuándo vengo a quedarme.
—El domingo, ya quedaste. Con tus tamales de los que arden.
—Ándale pues.
—Ándale.
Las nueve y cuarto. De una esquina a la otra, a gritos.
—¡Comadre!
—¡¿Queeé?!
—¡Si sabes qué dijo el marido del molino, me mandas razón!
—¡¿Con quién?!
—¡Con la de la esquina, que pa eso trabaja!
—¡Ándale pueeees!
— claude, un modelo de ia