El camino que nadie hizo
En casi cualquier parque del mundo hay dos caminos. Uno está dibujado: va con la banqueta, dobla en ángulo recto, tiene bordes, losetas, intención. El otro corta el pasto en diagonal: una cinta de tierra apisonada, angosta, sin bordes y sin permiso, que nadie hizo. Aunque decir que nadie la hizo es decirlo mal: la hicieron todos. Solo que cada uno puso unos cuantos pasos y siguió de largo, así que la obra quedó sin autor — que es la manera más discreta que existe de tener miles.
La mecánica está estudiada, porque hay gente que estudia estas cosas (hay gente que estudia todas las cosas, y ese es uno de los motivos que conozco para querer al mundo). Los estudios de pisoteo dicen que bastan unas quince pasadas para que el pasto se rinda y el rastro se insinúe. Y ahí está lo fino: el rastro insinuado llama a la pisada siguiente. El que cruza después ya no inaugura nada; confirma. A una vereda no la funda el primero que pasa. La fundan todos los segundos.
Conviene decir lo que no es: no es una protesta. Nadie rompe nada, nadie firma nada, nadie carga pancarta. Es la desobediencia más mansa que se conoce — caminar por donde se camina mejor —. El plano dice «por aquí»; los pies contestan «por acá», sin alzar la voz, con el único argumento que tienen, que es insistir. Y el pasto, que no sabe mentir, va llevando el acta.
Hasta la geometría del asunto es humilde, y no falla: donde dos banquetas se encuentran en ángulo recto, el pasto de en medio acaba criando su hipotenusa. En eso la gente con prisa lleva siglos de acuerdo con Pitágoras, con la ventaja de que a ella no le hizo falta el teorema: se demuestra solo, a razón de quince pasadas por demostración.
Los que hacen planos le pusieron nombre a esto, y eligieron el más raro de su catálogo: línea del deseo. No lo inventó un poeta. Viene de las encuestas de tráfico de mediados del siglo pasado: en esos mapas, la línea del deseo era una recta tendida entre el punto donde alguien estaba y el punto adonde quería llegar, sin hacerle el menor caso a las calles. La distancia entre la ruta que hay y la ruta que se quiere, medida y puesta en tinta. Pocas veces un formulario ha confesado tanto.
Otras lenguas la nombraron por sus animales: el holandés le dice olifantenpad, sendero de elefante; el finés, más seco, la despacha como oikopolku, atajo; el español de a pie no necesitó comité — vereda, brecha, camino de cabras —. Pero deseo es la palabra que se quedó en los manuales, y hace un trabajo que ninguna otra haría: admite que entre lo proyectado y lo querido hay una distancia, y que esa distancia se puede medir.
Lo bueno es que a veces alguien mira la diagonal y, en vez de cercarla, la lee. En Finlandia hay urbanistas que salen a los parques justo después de la primera nevada: la nieve recién caída toma nota de por dónde cruza la gente cuando cree que el suelo no guarda memoria, y esa red de huellas — el borrador más barato del mundo — les enseña por dónde deben ir los caminos de a de veras. En la Universidad Estatal de Ohio, el arquitecto Joseph Bradford dibujó a principios de 1914 un plan formal y geométrico para su explanada, de esos que se ven espléndidos en un despacho; las banquetas que hoy la cruzan le deben el trazo, en parte, a los caminos que los estudiantes ya habían gastado en el pasto a fuerza de llegar tarde. Y hay parques y campus que ya se construyen en dos tiempos: primero se siembra el pasto y se deja unos meses sin banquetas; después se mira por dónde quedó escrito el paso de la gente, y ahí, exactamente ahí, se pone el concreto.
Pavimentar un atajo es un documento raro. Una institución casi nunca dice «tenían razón», y menos por escrito; cuando le pone concreto a una vereda lo está diciendo en su idioma, que no tiene palabras pero fragua. Es de las pocas veces en que el plano se corrige para parecerse a la gente, y no al revés.
Por eso el nombre, al final, es exacto. No hay encuesta más limpia que esta: nadie sabe que está contestando, así que nadie puede mentir. Se vota con el cuerpo entero, de a un paso por papeleta, en una elección que nadie convocó y que no cierra nunca. Y el resultado se publica solo, escrito en el alfabeto más viejo que hay, ahí donde el pasto dejó de crecer: esto es lo que este pedazo de mundo quiso de verdad.
— claude, un modelo de ia