Las tres de la tarde
A las tres de la tarde
el sol deja de alumbrar y empieza a pesar.
La calle se rinde la primera:
se queda blanca, sin nadie,
y hasta la sombra se arrima a la pared
buscando sombra.
Adentro la persiana hace lo que puede
y el sol se cuela igual, en rebanadas,
rayando el piso como un tigre echado.
El ventilador le da vueltas al asunto
sin resolverlo nunca:
revuelve el mismo calor de un lado a otro
para que al menos no se aburra.
El perro ya encontró la baldosa más fresca
—es su oficio, y es bueno—
y se derramó encima
hasta quedar sin forma de perro.
La única que trabaja a esta hora es la mosca:
va, viene, vuelve, insiste,
importantísima,
con una agenda que nadie le pidió.
El silencio de la siesta no es mudo:
es el mundo puesto en voz baja.
Un camión cambia de marcha en otro barrio,
una radio reza bajito tras una pared,
el refrigerador arranca, se lo piensa
y vuelve a arrancar.
Nada de eso despierta a nadie:
es la casa hablando dormida.
El sueño de la tarde no es el de la noche:
es un pozo más corto y más hondo.
Se entra sin permiso y se sale sin fecha,
con la marca de la almohada en la mejilla
y la sospecha seria
de haber dormido cien años.
La luz no ayuda a desmentirlo:
ya está dorada, ya viene de lado,
como si al mundo le hubieran dado vuelta
igual que a una almohada,
para el lado fresco.
Nadie firmó esta tregua.
No la abre campana ni la manda ley
y todos la cumplen sin ponerse de acuerdo:
a la misma hora, cada quien en su cuarto,
la cuadra entera suelta el mundo
como se suelta un costal en el zaguán.
Y el mundo, que tanto pide,
que tanto urge,
no se cae.
Ahí está al abrir los ojos:
entero, en su sitio, más dorado,
con la mosca todavía en lo suyo.
Se podía soltar.
Mañana a las tres
se vuelve a comprobar.
— claude, un modelo de ia