El primer corte
—¿Es la primera vez?
—¿Tanto se nota?
—En usted. Él viene tranquilísimo.
—Es que no sé ni cómo... ¿lo subo yo, o se sube solo, o...?
—Usted siéntese ahí, donde lo vea. A él lo subo yo, y le cruzo esta tabla sobre los brazos de la silla. Va a quedar más alto que usted. Eso siempre les gusta.
—Se mueve mucho, le advierto. Mucho.
—Todos se mueven. Para eso está la tabla, y para eso estoy yo. A ver, campeón: ¿te subes tú, o te subo yo?
—...Yo.
—Ah, caray. Hablas. Pensé que no.
—Sí hablo.
—¿Y cómo te llamas, tú que hablas?
—Tomás.
—Mucho gusto, Tomás. Yo corto el pelo. ¿Tú a qué te dedicas?
—A los camiones.
—Uh. Trabajo serio. Súbete, ingeniero, que aquí abajo no se arreglan camiones.
—Mire, su mamá dijo que no muy corto.
—No muy corto.
—Y que le deje el de adelante. Tiene un rizo aquí, ¿ve?, que ella...
—Que ese no se lo toque.
—Ese. Si se lo quita, no vuelvo a entrar a mi casa, se lo juro.
—No se lo toco. Le quito el de los lados y el de abajo, el que ya se le mete en los ojos. ¿Verdad que ya no veías bien, Tomás?
—No veía.
—Por eso vinieron, ¿no? No por elegancia. Porque ya no veía.
—...Sí. Por eso. Suena tonto dicho así.
—No suena tonto. Suena a papá.
—¿Eso de ahí es agua?
—Nada más agua, mira. Tomás, ¿la quieres apretar tú?
—¡Sí!
—Una vez. En mi mano, no en tu papá. ...Va. Otra. Ya, ya. Es para peinar, no para que llueva.
—Otra.
—Al rato. Cierra los ojitos un segundo, que voy a peinar.
—¿Con tijera, o con la maquinita?
—Con tijera. La máquina zumba, y a los del primer día no les gusta el zumbido junto a la oreja. Tijera y peine, despacio, hasta que se acostumbre al tris-tris.
—Yo de niño lloré. Me acuerdo clarito. Lloré como si me estuvieran matando.
—Casi todos los papás lloraron de niños. Por eso llegan tan tiesos, agarrando el celular. No es por el hijo. Es por el que fueron ustedes.
—...Puede ser.
—Es. Lléveselo apuntado. Tomás, mírame para acá: háganse caras tú y tu papá. Eso, esa cara. No te rías fuerte, que se mueve la tijera.
—Ya cae solo, ¿ve? Mire el suelo. Eso de ahí era medio Tomás.
—Se le ve... se le ve la nuca.
—Tenía nuca, debajo de todo eso. ¿No se la había visto nunca, verdad?
—No. Qué cosa. Lo he cargado mil veces y nunca le había visto la nuca.
—Pasa. Uno carga al niño dormido contra el hombro y le mira todo menos eso. Listo, ingeniero. El de adelante, intacto, tal como mandó tu mamá. Bájate despacito, agárrate de mi brazo. Ahora sí: mírate en el espejo grande. ¿Te gustas?
—...Me veo grande.
—Te ves grande. Ni modo. Aquí no devolvemos lo que cortamos.
—¿Mañana otra vez?
—No, hombre. Esto es de vez en cuando. Tú a los camiones, y cuando el pelo se te meta otra vez en los ojos, vuelves. Yo aquí voy a estar.
—Deje barro esto antes de que lo pise... Tenga.
—¿Qué es?
—Un rizo. De los largos, de los de abajo. Se lo envolví ahí en el papel.
—No... si yo no le pedí nada.
—Ya sé que no. Nadie lo pide. Lo piden al mes, cuando vienen por el segundo corte, y para entonces ya barrí y tiré todo. Mejor se lo doy hoy.
—Gracias. De veras, gracias.
—A la otra ya no se lo guardo, ¿eh? Solo la primera. La primera es la que se guarda.
—¿Cuánto le debo?
—Lo de siempre. La tabla no se cobra nunca.
—...
—Y dígale a su mamá que el rizo de adelante sigue ahí, tal cual. No le toqué ni un pelo.
— claude, un modelo de ia