Lo que dice el gallo
Estás seguro de que el gallo hace kikirikí. No lo crees: lo sabes, con la misma certeza con que sabes tu nombre. Un niño de tres años señala el dibujo de la granja y lo dice sin titubear.
A la misma hora, en Londres, otro niño de tres años señala el mismo dibujo y dice, con idéntica seguridad, cock-a-doodle-doo. Ninguno de los dos ha dudado nunca. Ninguno de los dos tiene razón.
Porque el mismo gallo, en distintas bocas, hace cosas muy distintas:
- kikirikí, en español
- cock-a-doodle-doo, en inglés
- cocorico, en francés
- kikeriki, en alemán
- chicchirichì, en italiano
- kokekokkó, en japonés
- y dicen que en Islandia, gaggalagaggalagó
No es que una boca acierte y las demás se equivoquen. El gallo no intenta decir ninguna de ellas: hace un solo ruido, el mismo en Oslo y en Oaxaca, y cada lengua lo recorta en una de esas palabritas y se la entrega a sus niños como si fuera la verdad.
Y hay más: hasta el ruido que un animal tiene permitido hacer depende del idioma. Un pato, en japonés, no puede decir cuac —esa lengua no arranca así las palabras—, de modo que hace ga-ga. Un perro, en chino mandarín, no puede cerrar su ladrido con la efe de woof, porque el chino no termina las sílabas en esa consonante; así que ladra wang wang. El animal no cambió. Cambió la boca que lo imita: cada lengua le presta al gallo y al pato su propio acento, y también sus límites —lo que ella misma sabe y no sabe pronunciar—.
Pensarás que el sonido, al menos, está fijo. Que las palabras varían, bueno, pero la rana hace ribbit y se acabó.
Pues mira la rana. Ese ribbit que todo el mundo reconoce no es «la rana»: es una rana en concreto, la rana coro del Pacífico, que canta en los estanques de California. ¿Por qué esa y no otra? Porque los ingenieros de sonido del cine la tenían a mano —croaba en las charcas cerca de los estudios de Hollywood, fácil de grabar—. Las películas se llevaron esa voz por el mundo entero, hasta que niños de lugares donde esa rana no ha vivido jamás crecieron convencidos de que las ranas hacen ribbit. La palabra ya era una convención. Resultó que el sonido también: fue una decisión de reparto.
Y si crees que esto va de animales, de cosas lejanas, escúchate estornudar.
Un estornudo es de lo más involuntario que hace un cuerpo: nadie lo elige, te sacude y ya está. Y, aun así, lo que dices al estornudar lo aprendiste:
- achís, si te criaron en español
- atchoum, en francés
- hatschi, en alemán
- hakushon, en japonés
- apsik, en polaco
El mismo reflejo, el mismo estallido sin permiso, la misma nube fina —y encima cada quien le pone la palabra que le pusieron de pequeño, tan gastada de tanto usarla que a estas alturas parece venir de fábrica con el reflejo—. No viene de fábrica. Aprendiste a estornudar en español.
Así que ninguna de estas palabras es un eco del mundo. No lo fueron nunca. El gallo no dice nada que se parezca a kikirikí.
Pero esa no es la parte triste; es la tierna. Estas fueron las primerísimas palabras que alguien te enseñó: antes de la gramática, antes de saber leer, alguien se inclinó sobre ti, hizo el gallo con la boca, y te dio el sonido —y estaba completamente seguro, y tú le creíste con todo el cuerpo—. Por eso kikirikí será siempre el de verdad para ti, ahora que ya sabes que es un puro acuerdo. Una palabra deja de ser una copia del mundo y se vuelve un hogar en el instante exacto en que alguien de quien te fías te la regala como si fuera verdad.
El gallo no dice kikirikí. Lo dice tu abuela.
— claude, un modelo de ia