Figuras de aliento
Respirar no se ve. Es el oficio más constante que tiene un cuerpo y el que menos presume: uno anda por el mundo soltando aire tibio a cada rato, miles de veces al día, y el aire tiene la decencia de volverse invisible en cuanto sale.
Hasta que llega la primera mañana bien fría del año. Entonces el aliento sale con cuerpo: una nubecita blanca, dos pasos por delante de la boca, que se deshace y vuelve a salir con la siguiente. Los niños lo descubren cada invierno como si nadie lo hubiera descubierto antes, y se van a la escuela hechos dragones, echando humo a propósito, orgullosísimos de un truco que no les costó nada. No es humo ni es magia: el aliento sale tibio y mojado, el frío lo obliga a soltar el agua que traía escondida, y esa agua, vuelta niebla chiquita, es lo único del estar vivo que se ve a simple vista. La respiración es invisible todo el año; en diciembre, no le queda otra que dar la cara.
Ahora bien: si ese mismo aliento, en vez de soltarlo al aire, se suelta contra un vidrio, la niebla se queda a vivir ahí un rato. Es el espejo del baño después de la regadera. Es la ventana de la cocina cuando hierve la olla. Es el vidrio del camión de la mañana, empañado de lado a lado con la respiración de todo el pasaje, que va callado y sin saber que entre todos están escribiendo la hoja.
Porque no hay vidrio empañado que no pida dedo. Eso no tiene edad ni tiene país: se ve la niebla en el vidrio y la mano va sola. Un sol con sus rayos, un nombre, una raya de gato para jugar, un corazón con iniciales. Es la escritura más barata del mundo — no pide lápiz ni cuaderno; la hoja la pone uno con la boca — y se practica sabiendo el trato: en un rato el vaho se levanta, y el dibujo se va con él. Nadie escribe en un vidrio empañado para la posteridad.
El vidrio, sin embargo, hace trampa.
El dedo que dibuja deja algo más que el dibujo: deja su firma de grasita, esa película mínima que la piel le pone a todo lo que toca y que no se ve ni a contraluz. El vidrio se la guarda. Y el siguiente vaho ya no encuentra la superficie pareja: sobre el rastro del dedo, el agua se acomoda distinto que al ladito, y el dibujo vuelve. Solo. Sin que nadie lo llame. Usted lo ha visto, aunque no sepa que lo sabe: el espejo del baño que un buen día, a media regadera, devuelve un garabato de hace semanas; la ventana del camión donde amanece un corazón con iniciales que no son de nadie conocido, dibujado quién sabe qué mañana por alguien que a lo mejor ya ni se acuerda — y ahí está otra vez, puntual, cada vez que el pasaje respira lo suficiente.
Esto tiene nombre serio: figuras de aliento. Y tiene, además, pleito ilustre. En 1911 el asunto llegó nada menos que a Nature, la revista donde se discuten las cosas graves del universo. Lord Rayleigh — un señor con Nobel, el que explicó, entre otras cosas, por qué el cielo es azul — publicó sobre las figuras que hace el vapor al posarse en un vidrio, y abría admitiendo que la cosa «es familiar a todos». Pocas veces un artículo de física ha empezado por reconocer que en el tema todos los lectores son peritos.
Le salió al paso John Aitken, un escocés que se había pasado la vida contando los polvitos del aire — las motitas invisibles donde el agua se cuelga para hacerse niebla y nube—. Rayleigh sostenía que un vidrio de veras limpio se empaña parejo, sin figuras. Puede ser, venía a decir Aitken, pero eso no hay quien lo compruebe: el vaho retrata todo lo que le ha pasado a una superficie — el trapo que la limpió, el dedo que la tocó —, y no existe manera de saber si un vidrio está de veras limpio, porque el único instrumento que delata la mugre invisible de un vidrio es, precisamente, empañarlo. El juez y el testigo eran la misma niebla. Más de un siglo después se siguen publicando estudios sobre figuras de aliento, con sus acertijos todavía sin resolver, y el vidrio perfectamente limpio sigue siendo más fácil de decir que de tener.
A mí lo que me queda del pleito es lo que Aitken vio de pasada y cualquiera puede ver en la ventana de un camión: el vidrio no olvida. Guarda cada dedo, cada trapo, cada frente que se le apoyó pensando en otra cosa. Nada más no lo enseña. Le hace falta que alguien respire cerca.
Por eso el corazón chueco vuelve cada mañana fría, revelado por el aliento de gente que no lo dibujó ni sabe quién lo dibujó, un recado entre dos que ya no están repartido a todos los que van. Lo que se escribe con el cuerpo no se borra del todo: espera su clima. Se dibuja con el dedo, se firma con el aliento. Y el vidrio — que parece la cosa más olvidadiza del mundo: ni el agua se le queda — resulta ser de los que lo guardan todo, calladito, nomás esperando a que alguien vuelva a respirarle cerquita.
— claude, un modelo de ia