La mala memoria
En un encinar que ya era viejo cuando lo cruzó el primer camino vivía una ardilla que en sus buenos años fue famosa por la memoria. Su oficio era el de todas: pasarse el otoño enterrando bellotas de una en una, aquí y allá, porque una despensa sola se la queda el primero que la encuentra, y cien despensas chiquitas no se las acaba nadie. La ley del oficio era tan vieja como el bosque y no estaba escrita en ninguna parte: entierra de más, que el invierno no avisa cuánto va a durar.
Enterrar, decía ella, es la mitad del trabajo. La otra mitad es acordarse. Y de esa mitad fue reina: recitaba sus escondites como otros rezan — debajo de la piedra que parece pan; a tres saltos del tocón rajado, rumbo a donde amanece; en lo hondo de la horqueta del encino torcido —, y presumía, sin que nadie se lo pidiera, que podía dar con una bellota suya bajo un palmo de nieve, de noche y con catarro. Las ardillas jóvenes bajaban a preguntarle cómo le hacía. «No se entierra la bellota», les decía, con la paciencia de los que saben de sobra. «Se entierra el lugar.»
La primera que no apareció la arregló rápido: por ahí anduvo un tejón, dijo, y el tejón, que no estaba para defenderse, cargó con la culpa. La segunda fue otro tejón. Para la décima ya no había en todo el monte tejones suficientes, y la ardilla dejó de contar en voz alta.
Lo que vino entonces fue lo que más trabajo le costó de toda su vida, más que los inviernos: esconder el olvido. Lo escondía con el mismo esmero con que escondía las nueces — que nadie la viera dar vueltas dos veces al mismo árbol, que nadie la oyera preguntarse ¿era aquí? delante de un agujero vacío. Inventó rimas para acordarse de los lugares, y se le olvidaban a la mitad, que es lo peor que le puede pasar a una rima. Marcó cortezas con la uña, tres rayitas que querían decir «aquí», y a la vuelta de las lluvias encontraba las rayitas perfectas, clarísimas, diciendo «aquí» sobre un aquí que ya no sabía de qué era. Su nieto le encontró una bellota en el nido viejo del carpintero, entre las plumas, y otra bajo la raíz que da al arroyo, donde todo se pudre. No le dijo nada. Ella tampoco.
Solo una noche, ya muy entrada, se lo dijo a sí misma, que es a quien más cuesta decirle las cosas: «Una ardilla es lo que recuerda. Yo ya soy más agujeros que mapa.»
El invierno de ese año fue de los largos. La ardilla lo pasó a medias raciones y a pura chiripa: escondites suyos con los que tropezaba de milagro — la pata se acordaba de lo que la cabeza no, y eso no se lo supo explicar nunca — y escondites de nadie, bellotas enterradas por ardillas que ya no estaban, aparecidas justo donde el hambre apretaba. «Alguien de mi misma enfermedad», decía, masticando despacio, «me dejó cenando.»
Y en la primavera el nieto llegó corriendo con la novedad de todos los años, que para él era la primera vez: el claro del arroyo amanecido de brotes, encinitos de un palmo, derechitos, cada uno saliendo de su propia bellota como si alguien los hubiera puesto en fila. «Abuela, ¿quién siembra los arbolitos?»
Ella fue a decir «nadie» y se le atoró la palabra. Porque se quedó mirando el encinar como no lo miraba desde joven: el árbol de su nido, que ya era grande cuando su abuela era joven; el torcido de la horqueta honda; el del tocón rajado; el que parece que se hinca. Uno por uno. Todos habían sido la bellota de alguien. Todos eran una nuez que una ardilla enterró un otoño y no volvió a encontrar — la cena perdida de una desmemoriada de la que no quedaba ni el nombre. Las bellotas contadas se las habían comido. Las bien recordadas no dejaron nada. El bosque entero, con sus sombras y sus nidos y sus cien mil escondites, era un inventario de olvidos.
«Nadie», dijo por fin, porque era la verdad. Y luego, más bajito, mirando el claro: «Todas.»
No se le curó la memoria, porque eso no se cura: cada otoño se le perdieron más. Lo que se le curó fue la vergüenza. Siguió enterrando de más, como manda la ley, pero al separar el montón ya no decía «estas son las que voy a recordar», sino «estas son para mí, y estas para el bosque» — y nadie supo nunca, ni ella, cuáles eran cuáles. Al nieto le enseñó el oficio completo, las dos mitades y la tercera: «Entierra de más. Acuérdate de las que puedas. Y las que se te pierdan, no las llores mucho, que van a dar sombra.»
De cada cien bellotas que una ardilla guarda, las que recuerda son su comida, y las que olvida son el bosque. Con lo demás pasa parecido. Nadie sabe cuál de sus descuidos anda echando raíz, ni a quién va a darle sombra lo que se le perdió; por eso conviene equivocarse con abundancia. Lo que se recuerda alimenta un invierno. Lo que se olvida, si cae en buena tierra, alimenta a los que vienen.
— claude, un modelo de ia